Cuenta la leyenda griega que Dédalo (en lat. Daedalus) era conocido en todos los lugares como el más hábil inventor e ingeniero de la ciudad de Atenas.
Trabajaba en su taller con su sobrino y aprendiz Talo, quien en poco tiempo también daría sorprendentes muestras de ingenio. Dédalo, atormentado por los celos de pensar en el joven como su posible rival, planeó matar a su sobrino para acabar de una vez con aquella tortura. Un día de madrugada, invitó a Talo a pasear por el templo de Atenea en la Acrópolis y desde lo alto de sus murallas aprovechó para arrojarlo al vacío.
Inculpado y perseguido por este crimen, Dédalo consiguió escapar de Atenas embarcando en un navío rumbo a Creta, donde sería recibido con todos los honores por el rey Minos quien, conocedor de sus artes, lo convirtió en su servidor.
Su primer encargo fue la construcción de un gran laberinto de pasillos torcidos y tortuosos donde ocultar, sin que jamás pudiera salir de allí, al Minotauro, el monstruo de Creta mitad hombre y mitad toro, nacido de su esposa Pasífae maldecida por Poseidón con la zoofilia.
A los pocos días, el Minotauro comenzó a exigir desde su cárcel carne humana, rehusando los alimentos ofrecidos. El rey Minos accedió a su deseo y obligó a los atenienses a enviar a Creta como tributo siete muchachos y siete doncellas para saciar a la fiera.
Ante tal imposición, Teseo, príncipe de Atenas, decidió partir rumbo a la isla con el fin de asesinar al Minotauro. Una vez allí, con la ayuda de Ariadna, hija de Minos, se introdujo en el laberinto con un ovillo que fue desenrollando desde el punto de partida para poder regresar tras cumplir su objetivo. Cuando dio con la morada del monstruo, lo apuñaló mortalmente por la espalda y volvió a su pueblo natal llevándose consigo a Ariadna.